Claudia Piñeiro: “Extraño a los buenos oradores”

Claudia Piñeiro pasó por Córdoba para presentar su último libro Las maldiciones, una novela en la cual valora, con cierta nostalgia,  las maneras de hacer política de años anteriores. Piñeiro se destaca por mostrar el lado oscuro de las cosas, ya sea en las familias burguesas o en el poder, y lo trata con gran técnica al escribir. Ex contadora pública, actual creadora de best sellers, Ocio la entrevistó en la previa a la presentación de su nuevo libro.

 

Por Santiago Aguirre

 

Ocio: ¿Por qué algunos lectores ven a este libro como un thriller?

Claudia Piñeiro: Supongo que porque todos tienen la necesidad de encasillar en algún género o alguna cosa. Y, en general, te preguntan si es un thriller o es una novela política para definirlo de alguna manera. Yo diría que más bien es una road-novel porque hay un personaje que va escapando y que, mientras tanto, nos va contando algo que puede tener elementos del thriller, pero que no reúne todas las características del género.

O.: Pero hay suspenso…

P.: Hay suspenso, hay violencia y hay una muerte. Pero no necesariamente es un thriller.

O.: Claro, son daños colaterales…

P.: Son daños colaterales, sí, tal cual (risas).

O.: En el transcurso de esta road-novel, hay una visión algo romántica de la política anterior con respecto a estas nuevas políticas “marketineras”, porque digamos que antes los políticos eran más rosqueros.

P.: No, rosqueros son siempre (risas).

O.: Siempre existió esa conducta. Pero, en lo personal ¿te gusta más una cosa o la otra?

P.: En lo personal, y en cuanto al discurso político, me gusta más el que tiene peso: con ideología, con peso histórico.

O.: Eran también hombres más leídos.

P.: Bueno, hay que tener en cuenta que los grandes escritores que fundaron la literatura en Argentina eran políticos porque eran gente leída. Hoy muchos de ellos ni siquiera leen. Entonces, el discurso cada vez se banaliza y se rebaja más, y también se dice que la gente quiere un discurso más vacío. Yo no estoy tan segura de eso.

O.: Pero los votan.

P.: Bueno, sí. Pero también uno tendría que preparar a la gente para que pueda tener un pensamiento crítico y no bajar el discurso para adaptarse a eso.

O.: En definitiva, elevar el nivel de educación o de cultura.

P.: Exacto.

O.: ¿Vos creés que es inculto el argentino?

P.: No, no es inculto. Pero sí es cierto que cada vez se ve más no solamente en Argentina sino, por ejemplo, en Estados Unidos, donde Trump ganó con un discurso de poco peso ideológico, más bien lleno de frases efectivas para que lo voten y para que el que tiene que votar escuche lo que quiere escuchar. A mí me parece que es un ciclo histórico que en este momento apela a eso: a frases efectivas, a no pensar demasiado, a no tener pensamiento crítico, a quedarte tranquilo con lo que te dicen. Y después, bueno, veremos. Si funciona, estaremos todos contentos y si no, hay que ver qué pasa.

O.: Se extrañan un poco los picos de oro, ¿no? El último habrá sido Alfonsín.

P.: Sí, me parece que los discursos de él son casi piezas literarias. He leído varios y se nota que tienen un trabajo literario que no tienen los discursos de ahora. No se puede rescatar una frase actualmente. Uno las escucha y son para reírse. Extraño a esos oradores, lo cual no quiere decir que a todo el mundo le pase lo mismo. Yo esperaba, por ejemplo, la apertura de las sesiones del Congreso para ver cuál era el discurso. Los discursos eran esperados sobre todo para ver qué se decía y cómo se decía. Hoy ese peso me parece que cayó.

O.: Claro, se esperaban los discursos de Alende o de Palacios. ¿A vos quién te atraía?

P.: Alende me atraía y Alfonsín, también. Eran políticos de muchísimo peso.

O.: ¿Cómo llegás vos a este libro político?

P.: Yo creo que muchos de mis libros tienen definiciones políticas, más allá de que no sean libros que transcurren en ese ámbito específicamente. Las viudas de los jueves o Betibú, por ejemplo, tienen conceptos políticos, pero este último transcurre exclusivamente en el mundo de la política. Ahora bien, yo siempre parto de una imagen disparadora que en este caso es la del jefe de un partido político: Fernando Rovira. En una escena crucial, que ocurre en Cariló, le pide a su asistente que haga un sacrificio por él y por el partido. Y el asistente, inmerso en esta especie de dialéctica hegeliana del amo y el esclavo, tiene que decidir si lo hace o no. Con esa escena disparadora, de poder y sometimiento, pensé en qué mundo iba a transcurrir y creo que el de la política era “el” lugar en donde tenía que ocurrir, porque ahí esos manejos de poder suelen ser más habituales.

O.: En tus libros siempre aparecen mujeres poderosas. ¿Cómo vas a instalar a la mujer en la política?

P.: Bueno, en este libro hay una mujer poderosa, pero es periodista. Política no hay ninguna. No sé, una va eligiendo…

O.: ¿Cómo ves un próximo libro con respecto a este rumbo que has elegido?

P.: No sé si mi próxima novela sea política. Al contrario, en general, me aburro de lo que hice y quiero hacer algo distinto. Vos fijate que después de Las viudas de los jueves vino Elena sabe, que es una novela que no tiene nada que ver, luego Las grietas de Jara, Betibú y, posteriormente, Un comunista en calzoncillos, que es una novela autobiográfica. Siempre trato de hacer alguna cosa distinta. Seguro que la próxima no va a ser una novela política.

O.: ¿De qué te cansás?

P.: De mí misma me canso (risas). Ya vamos a ver. Todavía no tengo en la cabeza cuál va a ser la próxima. Si aparece una historia política, tendrá que ser lo suficientemente distinta a esta última como para que me interese escribirla.

O.: ¿Cómo es tu manera de trabajar?

P.: En general, me aparece una imagen disparadora, se me instala en la cabeza y la dejo que se macere, que se empiecen a mover los personajes y que muestren sus conflictos. Recién cuando tengo armada la primera escena, que a lo mejor no termina siendo necesariamente la primera escena del libro, me pongo a escribir.

O.: En tu libro, la violencia está bastante acendrada. ¿Hay tanta violencia en la política argentina?

P.: Creo que la violencia está como solapada, no está mostrada. Pero vos fijate que yo en todas mis novelas pongo un muerto y acá también lo hay. La cuestión es qué hace la política con ese muerto: lo hacen a un lado, lo obvian, lo tratan de tapar. Es decir, está ese cadáver y uno se pregunta quién lo mato y por qué, pero en la política las preguntas tienen que ver con a quién le sirve o a quién puede perjudicar ese muerto. Es una violencia aún mayor. No tiene que ver con la búsqueda de la verdad, sino con el rédito político.

O.: Entonces no hay verdad en la política.

P.: Y… hay poca (risas).

O.: Vos que sos un poco visionaria, por lo menos en tus libros, ¿cómo ves el futuro en ese terreno?

P.: Yo creo que los ciclos históricos son ciclos. Ahora todo el mundo, incluso en Francia con Macron por izquierda o Trump por derecha en Estados Unidos, hace una política del marketing, de la publicidad, del efecto. Pero en un momento, la gente se va a cansar de eso y van a venir nuevas formas de hacerla.

O.: ¿Estás pensando en tu nuevo libro?

P.: No, todavía no. Mirá, cuando yo estaba escribiendo este libro, justo pasó lo de Scioli y su mujer, el embarazo y demás. Todo tenía muchos puntos en común con lo que estaba escribiendo. Una está muy cercana y con las antenas paradas con lo que pasa alrededor para tratar, más que nada, de ser verosímil.

O.: Además, tus trabajos tienen mucha producción atrás, los preparás mucho.

P.: Sí, tienen por detrás una investigación periodística e histórica, en La Plata, por ejemplo, acerca de la maldición de Alsina. Y luego también aparecieron otras. Hace poco fui a la feria del libro en Lima y circulaba la creencia de que ningún alcalde de la capital pudo ser presidente de la república. Maldiciones…


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