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Murió el artista cordobés Carlos Alonso a los 97 años: el maestro del arte argentino que encontró su refugio

El artista mendocino murió este lunes. Fue una de las figuras fundamentales de la plástica argentina y convirtió a Unquillo en su lugar en el mundo después del exilio. Su obra abordó con enorme potencia la violencia política, la dictadura y la memoria.

Javier Colomer22 de sept de 2026
Murió el artista cordobés Carlos Alonso a los 97 años: el maestro del arte argentino que encontró su refugio

Carlos Alonso, uno de los grandes maestros del arte argentino contemporáneo, murió este lunes a los 97 años. Nacido en Tunuyán, Mendoza, en 1929, el artista desarrolló una extensa trayectoria que atravesó siete décadas y tuvo en Córdoba uno de sus escenarios fundamentales.

La noticia de su fallecimiento fue comunicada por su familia a través de la cuenta oficial del artista en Instagram.

“Con profundo pesar comunicamos el fallecimiento de Carlos Alonso”, señalaron sus familiares. En el mensaje destacaron además que su obra y su legado permanecerán como parte de la historia cultural argentina.

Alonso había encontrado en Unquillo un lugar donde reconstruir su vida luego de atravesar el exilio y una de las experiencias más dolorosas de su historia familiar: la desaparición de su hija Paloma durante la última dictadura militar.

Unquillo, el refugio que Carlos Alonso encontró en Córdoba

El vínculo de Alonso con Córdoba fue mucho más que una elección geográfica. Tras regresar al país luego de vivir exiliado en Europa, se instaló definitivamente en Unquillo a comienzos de la década de 1980.

La localidad de las Sierras Chicas se convirtió en un refugio y en un espacio desde el cual volver a pintar después de años atravesados por la violencia política y el dolor.

La elección tenía también una raíz artística y afectiva. Alonso construyó su casa en un terreno vecino al que había ocupado Lino Enea Spilimbergo, uno de los grandes maestros de la pintura argentina y una figura decisiva en su formación.

Alonso había trabajado con Spilimbergo desde comienzos de la década de 1950, cuando se incorporó al taller del Instituto Superior de Artes de la Universidad Nacional de Tucumán.

Ya instalado en Unquillo, encontró en el paisaje una manera de recuperar el impulso creativo. Hojas, tierra, ramas, luz y otros elementos del entorno comenzaron a ingresar en su proceso de trabajo. La naturaleza cordobesa se convirtió así en parte de una etapa de reconstrucción personal y artística.

Una vida dedicada a la pintura

Alonso comenzó su formación en la Academia de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo, donde fue alumno de Ramón Gómez Cornet.

Su trayectoria tomó rápidamente dimensión internacional. En la década de 1950 viajó a Europa y entró en contacto con la obra de artistas como Pablo Picasso y El Greco.

En 1957 ganó un concurso de la editorial Emecé para ilustrar la segunda parte de Don Quijote de La Mancha. El desafío era enorme: la primera parte de aquella edición había sido ilustrada por Salvador Dalí.

Ese trabajo abrió un camino que Alonso recorrería durante décadas. También realizó ilustraciones para obras como El matadero, de Esteban Echeverría; Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda; Yo, el supremo, de Augusto Roa Bastos, y Martín Fierro, de José Hernández.

Otro de sus grandes proyectos llegó después de un viaje a Florencia en 1968, cuando produjo alrededor de 250 obras inspiradas en la Divina Comedia, de Dante Alighieri.

El comunicado del fallecimiento de Carlos Alonso.

El exilio y la desaparición de su hija Paloma

La última dictadura militar argentina atravesó de manera definitiva la vida y la producción artística de Alonso.

Después del golpe de Estado de 1976, vivió exiliado en Roma y Madrid junto con su esposa Teresa y su hijo Pablo.

En Argentina había quedado su hija Paloma. Tenía 21 años cuando fue desaparecida en 1977 por la dictadura.

La ausencia de su hija se convirtió en una herida central en la vida del artista y, con el paso de los años, también encontró una expresión profunda en su obra.

Durante aquel período produjo desde Europa imágenes de una Argentina marcada por la violencia, el miedo y la muerte. Tras regresar al país, necesitó tiempo antes de volver a enfrentarse directamente con esos temas.

“Manos anónimas”, una obra frente al horror de la dictadura

Entre 1981 y 1989, Alonso desarrolló Manos anónimas, una de las series más significativas de su trayectoria.

El conjunto, compuesto por alrededor de 40 dibujos realizados con lápiz y pastel al óleo, aborda los secuestros, las torturas y las desapariciones perpetradas durante la última dictadura.

La serie fue adquirida en 2005 por la Provincia de Córdoba y pasó a integrar el patrimonio público provincial. Las obras se exhiben en una sala especialmente dedicada al artista en el Museo Evita-Palacio Ferreyra.

En esas imágenes, la tragedia colectiva del país se cruza inevitablemente con la historia personal del pintor y con la desaparición de Paloma.

La representación del horror planteaba además una pregunta que acompañó a Alonso durante buena parte de su carrera: cómo mostrar el sufrimiento humano desde el arte sin convertirlo en espectáculo.

La carne, la violencia y una mirada sobre la Argentina

Desde finales de la década de 1960 y especialmente durante los años ’70, la producción de Alonso adquirió una intensidad cada vez más dramática.

Series como De la carne, Mal de amores, Hay que comer y El ganado utilizaron cuerpos, animales, sangre y escenas de violencia para construir una mirada crítica sobre la sociedad argentina.

La carne se convirtió en uno de sus grandes motivos visuales. Vacas, cuerpos humanos, mataderos y figuras de poder se mezclaron en imágenes que podían leerse como una metáfora brutal del país.

En 2001, el Museo Emilio Caraffa reunió cerca de 90 obras del artista en la exposición Mal de amores y otros males, que permitió observar en conjunto buena parte de esa producción.

Siete décadas de creación

La edad nunca significó para Alonso un retiro de la actividad artística.

En 2014, cuando tenía 85 años, trabajó junto con Guillermo Roux en Mano a mano, un proyecto en el que ambos artistas intervinieron conjuntamente una serie de dibujos. Las obras viajaron durante meses entre el taller de Alonso en Unquillo y el estudio de Roux en Buenos Aires.

Cuatro años más tarde presentó Vida de pintor en la Fundación Fortabat. La exposición recuperó uno de los temas que acompañaron toda su trayectoria: la reflexión sobre el propio oficio de pintar y el diálogo con artistas como Vincent van Gogh, Auguste Renoir, Gustave Courbet, Egon Schiele y Spilimbergo.

Carlos Alonso trabajó durante siete décadas y construyó una obra inseparable de las tensiones políticas, sociales y culturales de la Argentina.

Mendocino de nacimiento y cordobés por elección, encontró en Unquillo un lugar para reconstruirse y seguir creando. Allí convirtió el paisaje serrano en refugio y mantuvo encendido, durante décadas, un trabajo artístico atravesado por la memoria, el dolor y una extraordinaria vitalidad.

Gobierno dentro de nota – Alivio Cordobés