La cultura argentina despide a una de sus figuras fundamentales. Griselda Gambaro murió a los 98 años en Buenos Aires, apenas dos meses después de la muerte de su esposo, el reconocido escultor Juan Carlos Distéfano, con quien compartió su vida desde 1955 y tuvo dos hijos.
Su muerte cierra una trayectoria de más de seis décadas en la literatura y el teatro. Gambaro transformó los códigos de la dramaturgia argentina, cuestionó las relaciones de poder y la violencia de su tiempo y abrió camino para nuevas generaciones de autoras en un ámbito históricamente dominado por hombres.
A lo largo de su carrera escribió obras que se convirtieron en referencias del teatro argentino, entre ellas El campo, La malasangre, Antígona furiosa, La señora Macbeth y Decir sí.
De La Boca a la literatura
Griselda Gambaro nació el 28 de julio de 1928 en el barrio porteño de La Boca. Creció en una familia humilde de inmigrantes junto a sus padres y cuatro hermanos.
Desde pequeña encontró en los libros un espacio propio. Después de completar la escuela primaria en La Boca y la secundaria en Barracas, decidió no estudiar Letras en la universidad porque quería preservar el tiempo que dedicaba a la creación literaria.
Trabajó como secretaria en la editorial Espasa Calpe y en el club Independiente. También pasó por la biblioteca socialista Sociedad Luz, donde profundizó su formación a través de autores fundamentales de la dramaturgia universal y argentina, como Antón Chéjov, Henrik Ibsen, Luigi Pirandello, Eugene O’Neill, Armando Discépolo y Florencio Sánchez.

El salto al teatro y una ruptura que hizo historia
Su trayectoria pública comenzó en la narrativa. En 1963 publicó Madrigal en ciudad, obra reconocida por el Fondo Nacional de las Artes. Dos años después, su libro de cuentos El desatino recibió el premio Emecé.
Pero 1965 también marcaría un punto decisivo en su carrera. La adaptación teatral de El desatino se estrenó en el Instituto Di Tella, dirigida por Jorge Petraglia, y generó una fuerte controversia en el ambiente cultural.
Gambaro se alejaba del realismo social dominante y proponía otro lenguaje escénico. Sus personajes, los silencios, el absurdo, la violencia y las relaciones de sometimiento comenzaron a configurar una dramaturgia con identidad propia.
A ese período pertenecen obras como Las paredes, Los siameses y El campo, en las que profundizó sobre los mecanismos de la opresión, el poder y la violencia social.
La censura, el exilio y Teatro Abierto
Su obra también quedó atravesada por la violencia política argentina. Durante la última dictadura militar, Gambaro fue incluida en las listas negras del régimen.
En 1977, el gobierno de facto prohibió la circulación de su novela Ganarse la muerte. La persecución terminó empujándola al exilio y se instaló junto con su familia en Barcelona.
Regresó a la Argentina a comienzos de la década de 1980 y se incorporó a Teatro Abierto, el movimiento cultural que enfrentó desde los escenarios a la dictadura. Allí participó con Decir sí.
Poco después llegó La malasangre, una de sus obras más reconocidas. Ambientada durante la época de Juan Manuel de Rosas, la pieza aborda el autoritarismo y la violencia desde las relaciones familiares y personales.
Las obras que consolidaron su legado
La producción de Gambaro continuó durante las décadas siguientes. Entre sus títulos más destacados se encuentran Antígona furiosa, La señora Macbeth, Querido Ibsen: soy Nora y El don.
Nunca abandonó, además, la narrativa. En El mar que nos trajo recuperó la memoria de la inmigración italiana a partir de la historia de sus propios antepasados.
Su lugar dentro de la cultura argentina también quedó reflejado en numerosos reconocimientos. Fue distinguida como Ciudadana Ilustre y recibió varios premios Konex.
En 2005 hizo historia al convertirse en la primera mujer en pronunciar el discurso inaugural de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires. Cinco años después representó a las letras argentinas en la Feria del Libro de Fráncfort.
Una autora que transformó el teatro argentino
Gambaro pasó sus últimos años en su casa de Don Bosco. Allí continuaba escribiendo sus manuscritos a mano y dedicaba parte de sus días al jardín.
Su muerte deja una extensa producción narrativa y teatral, pero también una influencia que excede sus libros y sus obras.
Durante más de 60 años, Gambaro hizo del escenario un territorio para interrogar el poder, la violencia, la obediencia y el autoritarismo. Su irrupción modificó las formas del teatro argentino y abrió un camino que continuaron nuevas generaciones de dramaturgas y escritoras.
A los 98 años, su muerte despide a una de las autoras centrales de la cultura argentina contemporánea.







