Soledad Pastorutti reconstruyó su camino inicial en la música, una etapa marcada por decisiones valientes, trabajo constante y un vínculo genuino con el público. Lo que hoy parece una carrera de grandes hitos y multitudes comenzó, para “La Sole”, con pasos pequeños: peñas, festivales y shows en los que cada presentación era una apuesta.
En su paso por Nadie dice nada (LUZU TV), la artista recordó cómo fue aquel salto desde el interior del país hasta los grandes escenarios de Buenos Aires. “Fue todo muy de a poco”, explicó, recordando los comienzos donde cada viaje era una aventura y cada escenario, un desafío. Cuando finalmente llegaron a la capital, su meta era ambiciosa: conquistar el Gran Rex. Lo que parecía un solo debut se multiplicó hasta alcanzar treinta funciones consecutivas.

Para Soledad, aquel fenómeno no solo tenía un impacto musical, sino también social. “Haciendo folclore empecé a sonar en cumpleaños de quince”, contó, sorprendida por cómo su música logró atravesar públicos que hasta entonces no estaban vinculados al género.
En esos años, la escena musical estaba segmentada: rock por un lado, música latina por otro y el folclore en su propio espacio. Sin embargo, el primer disco de Soledad logró colarse en cumpleaños, radios y reuniones familiares, conviviendo con hits internacionales y clásicos del momento. “Ese disco sonaba en todos lados”, recordó, con una mezcla de nostalgia y humor.
Y aquí llega el dato que más sorprendió: el lugar donde se grabó el álbum. “Lo grabé al lado de un inodoro”, lanzó, entre risas. El estudio era más pequeño incluso que el set del programa de LUZU TV, y en solo ocho horas Soledad registró las canciones que venía interpretando en vivo, sin contrato discográfico y sin certezas sobre el futuro del material.
El verdadero impulso llegó tras su presentación en Cosquín, que despertó el interés de la filial cordobesa de una discográfica. Ahí se gestionó el contacto con Buenos Aires, se grabó el disco, se diseñó la tapa y recién entonces se firmó el contrato. Las condiciones eran claras: si no se vendían cinco mil copias, el acuerdo se rescindía. Frente a este desafío, fue su padre quien viajó a la capital con dinero prestado para comprar discos y llevarlos al interior, donde Soledad los vendía al final de cada show.

“Hoy los chicos tienen las redes sociales, antes era distinto el camino, mucho más largo”, reflexionó. Una frase que resume no solo una época, sino también una forma de construir carrera a fuerza de escenario, contacto directo con el público y convicción propia. Ese recorrido inicial, sin atajos, se convirtió en la base de todo lo que vendría después.
Ediciones Digitales





