Casaclan nació en 2022 como una idea mínima y casi doméstica: cuatro buzos lisos, blancos y negros, estampados en una mercería de La Boca. Detrás estaban Micaela (30), Sol (27) e Ilan (22) Szpigiel, tres hermanos que buscaban una excusa para no dejar de verse.
Cuatro años después, esa excusa se transformó en una marca de streetwear que vende unas 24 mil prendas por año y se prepara para debutar en la New York Fashion Week, uno de los escenarios más importantes de la moda global.
El crecimiento todavía les resulta difícil de dimensionar. La convocatoria llegó de manera informal, a través de mensajes de Instagram y WhatsApp, y durante semanas pensaron que podía tratarse de una estafa. Pero no lo era: una productora asociada a la Fashion Week los invitaba a participar en la sección Made in Argentina, dedicada a marcas emergentes con impacto cultural.
Una infancia compartida que marcó el ADN del proyecto
La historia de Casaclan no se entiende sin su trasfondo familiar. Los Szpigiel pasaron parte de su infancia en Israel, lejos de la familia extendida que había quedado en Buenos Aires. “Éramos nosotros tres con nuestros viejos. Nos apoyábamos para todo”, recordó Sol a IProfesional. Esa dinámica de núcleo cerrado terminó dando nombre a la marca: clan como sinónimo de unión, pertenencia y apoyo mutuo.
Casaclan no nació de una vocación temprana por la moda ni de una urgencia económica. Surgió, más bien, como un proyecto compartido. “Podrían haber sido alfajores. Lo importante era juntarnos, discutir ideas y construir algo en común”, explicó Micaela. La indumentaria fue el medio, no el fin.
Vender primero, producir después
Con apenas 200 dólares ahorrados, compraron los primeros buzos y apostaron a un sistema de preventa pura: vendían antes de producir y aclaraban que la entrega demoraría unas tres semanas. Cada tanda financiaba la siguiente. Durante meses respondieron mensajes uno por uno, armaron pedidos de noche y sumaron la ayuda de amigos y parejas.

Ese esquema, basado en la confianza del cliente, fue clave para sostener el proyecto en sus inicios. Casaclan creció sin fábrica propia, sin empleados y sin estructura formal. El punto de inflexión llegó en 2023, cuando un tallerista aceptó producirles sin exigir grandes volúmenes. “Fue el único que nos dijo que sí”, contaron. Desde entonces, comenzaron a intervenir en todo el proceso: diseño, telas, moldería, calces y terminaciones.
Tres talleres, 24 mil prendas y una casa convertida en empresa
Hoy Casaclan terceriza su producción en tres talleres y vende unas 24 mil prendas por año. El negocio se reparte en partes iguales entre la venta directa y los locales multimarca. La marca está presente en cerca de 60 tiendas de todo el país.

El showroom funciona en Villa Crespo, en lo que durante años fue la casa familiar. Primero, las habitaciones se convirtieron en depósito. Luego, las cajas avanzaron sobre el living y la cocina. “Comíamos entre cajas”, recuerdan. Hasta que los padres tomaron una decisión clave: mudarse y ceder la casa para que se transformara definitivamente en la base operativa de la marca.
De Buenos Aires a Nueva York, sin perder el eje
El 15 de febrero, Casaclan presentará diez looks completos en Nueva York, con cápsula especial, casting, fittings y soundtrack propio. La vidriera es enorme, pero el plan de fondo no cambia. “Seguimos pensándonos como una startup. Queremos crecer sin romper lo que somos”, dijo Ilan.
Primero consolidarse en la Argentina. Luego, pensar en exportar. La idea de una fábrica propia existe, pero sin apuro. Cuatro años después de aquellos primeros buzos estampados, Casaclan sigue siendo, ante todo, un proyecto para compartir: una marca donde la moda es la excusa y el vínculo entre hermanos, el verdadero motor.
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